domingo, 14 de noviembre de 2010

Nocturnos en Soledad


En el marco del XIII Festival Internacional de Danza-Extremadura-Lenguaje Contemporáneo se presentó ayer 30 de octubre la Compañía Estatal de Danza Contemporánea de Oaxaca. El festival clausuró con la presentación titulada Nocturno, memoria del viento, bajo la dirección general de Alejandra Serret con la participación de Rolando Beattie a cargo de la dirección actoral y la coreografía.
Nocturno, memoria del viento se presenta ante el público como una obra compuesta por cinco escenas o cuadros: fragilidad, susurros, del sigilo, en el silencio y tenue equilibrio. Ocho intérpretes, cuatro hombres y cuatro mujeres, se encargan de presentar en el escenario distintos momentos de la existencia humana, desde la solitariedad intrínseca a nuestra existencia hasta la plenitud que podemos encontrar con el otro.

El contraste es el leitmotiv de la obra que se construye a partir de contrapuntos presentados en cada uno de los danzantes. El introito deja claro el carácter emocional de los artistas: ese let me out nos permite apreciar la liberación que permite el arte, en especial la danza.

Los movimientos lentos y fluidos con los que inicia la liberación se transforman súbitamente, al compás de la música, en movimientos veloces y marcados de energía contenida que busca escaparse a como dé lugar. Poco a poco el escape parece dejar a los cuerpos en simples marionetas que responden a movimientos mecánicos, expresando claramente la fragilidad que envuelve al hombre, especialmente en el ambiente que genera un nocturno como forma poética.

Los susurros que inundan el escenario se escuchan sólo en la cabeza de los danzantes, pero se manifiestan para el público en los movimientos aparentemente desconectados de cada uno de ellos. El efecto creado es entonces uno de baile inconexo, porque el mismo ojo es incapaz de seguir la acción en todo el escenario. Sin embargo, así como el susurro es un sonido que apenas es escuchado por una persona pero puede crecer hasta ser escuchado por muchos, el baile se transforma y va uniendo a los ocho en un complicado entramado que da muestra de la flexibilidad del ser humano en el espacio mismo.
La pasión surge cuando la música se transforma en un tango donde los danzantes en pareja dan muestra de las complicadas relaciones humanas. Por un lado está el calor corporal que motiva la pasión, pero por otro está la seducción amorosa tentadora y aún por otro la pasión rechazada.

Finalmente, aparecen una vez en el escenario las flores físicas que metafóricamente portaban los danzantes en su vestimenta. Este elemento parece remitirnos en mano del joven al claro símbolo del amor que busca que lo correspondan, que inicialmente aparece rechazado pero finalmente encuentra su contraparte.

La soledad inicial da pie a la unión de parejas y grupos, así como el ser humano encuentra en el otro su compañía que permite encontrar más de sí mismo. Los movimientos lentos, casi imperceptibles, de los pasos finales permiten observar el paso lento de la vida, de las emociones humanas, de la existencia misma. 

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