A partir de la colaboración de Germán Jáuregui y Laboratorio puntoD y bajo su dirección mutua se llevó a cabo ayer viernes 28 la puesta en escena de la obra Testamento en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad. El teatro físico surge como una manifestación alternativa de la danza, donde el cuerpo se expande para expresar no sólo a través del movimiento sino también a través del habla, de la escritura y del espacio.
La muerte es el final de la vida y como tal exige que uno reflexione sobre lo acontecido, lo acumulado y lo olvidado. El testamento como acto de escritura fija la existencia en un papel que no por eso es eterno: el fuego que aparece en el escenario devorando estos papeles cargados de vida da muestra de lo efímero de la existencia. Aparece entonces el cuerpo como el receptor primario de la vida, el texto fundamental sobre el cual se puede escribir y leer.
Con la participación de Cristóbal Barreto, Aladino Blanco, Alondra Castellano, Olga Gutiérrez, G’Ayla Iliria, Adria Rodríguez y Nayeli Santos se observan además las intrincadas relaciones sociales que enmarcan y dan forma a la existencia del ser humano actual. Las cenizas que quedan de ese testamento fugaz escrito ahí mismo se recuperan por los cuerpos como tinta en su interacción veloz pero fugitiva.
Cada uno de los siete danzantes es un texto y como tal entra en contacto con el otro. El papel del escritor se resalta no sólo por su presencia física en la mesa, la pluma y el papel sino también por su interacción con el resto de la sociedad. Así, la escritura aparece porque es el eslabón que une a los cuerpos; los artistas dibujan a través de movimientos sinuosos y fluidos sobre el cuerpo del otro sus emociones y sus caprichos. La acción, que en apariencia es de sujeto-escritor a objeto-papel, se trastorna súbitamente cuando el papel también es un sujeto vivo que se relaciona con otros.
En ese momento se establece el pacto: “me escribo y con ello te nombro”. Ya no se trata simplemente de un testamento individual, sino de varios que se entrelazan entre sí en complicadas relaciones miméticas de las que hoy en día tejen nuestras sociedades. La pasividad a la que aparentemente nos reduce nuestro entorno actual se subraya, el cuerpo rebota incapaz de sostener su propio peso, su propia voz; la escritura ya no es únicamente unilateral sino del otro sobre uno mismo. Los duetos dan lugar a tríos o cuartetos y una vez más los siete danzantes se entrelazan en una escritura con y sobre el cuerpo.
La vista como sentido primario se elimina y los cuerpos se atacan fluidamente hasta quedar seis tendidos como peso muerto: el testamento que nunca se dejó de escribir brilla ahora con su propósito. Pero aún queda esperanza: la vida regresa cuando el otro que aún respira decide compartir su esencia vital (majestuosamente simbolizada con el humo del cigarrillo) con esos cuerpos a través del recuerdo. Compartir el recuerdo es (re)vivir una vez más.
Así, a pesar de estar enterrados los artistas bajo conchas marinas, el espectador descubre que “es mentira que morimos”. Porque al tomar cada quien lo que más quiera de ese cuerpo-testamento renace la vida escrita. El “yo” deja de ser simplemente eso y se convierte en un “nosotros” íntimamente conectado que resignifica cada una de nuestras acciones, pensamientos y palabras. Queda claro entonces qué tanto “soy la huella que dejaré para mis descendientes”.
La inmovilidad que el texto y la escritura parecen imponer a la existencia se convierte entonces en un juego infinito de posibilidades que Testamento no establece pero sí libera. El espectador se aleja con la tarea de escribir el suyo propio.
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